Últimamente he estado reflexionando sobre cuántas veces al día digo la palabra “Yo” la cual generalmente va acompañada de otras como “quiero” y “necesito”, pero ¿será que de verdad necesito todas esas cosas? A veces pienso que no tengo la menor idea de qué es lo mejor para mí; me ahogan los problemas, paso noches enteras tratando de encontrarles solución y cada vez que intento tomar una salida no logro sino hundirme más.
¿Alguna vez te has puesto a pensar en la cantidad de horas que desperdicias al día estresándote por tus problemas? ¿A cuántos años equivaldrán esas horas a lo largo de nuestra vida? Bueno, los números definitivamente no son lo mío, pero te aseguro que si te tomarás el tiempo de analizar las cifras, el porcentaje sería bastante elevado, pero ¿será necesario devanarnos los sesos buscando alternativas? ¿Qué tal si hubiera una opción mucho más sencilla justo frente a nuestras narices sin que nos hubiéramos dado cuenta aún?
Utilizaré una metáfora muy sencilla para plantear el punto al que quiero llegar: En lo personal, ¡AMO conducir!, me encanta, me da esa cierta sensación de libertad y de control a la que la mayoría somos adictos; sin embargo, me estresan mucho el tráfico y los conductores irresponsables, a veces no puedo disfrutar del camino porque tengo q estar pendiente de la carretera y de los demás vehículos y también soy bastante desorientada asique me pierdo con facilidad mientras que, si alguien más conduce, no tengo que preocuparme por ninguna de esas cosas. No tengo que preocuparme por perderme si conduce alguien que conoce todos los caminos, no tengo porque estresarme si no soy yo la que tiene que enfrentar los elementos adversos y al no tener que lidiar con todo eso puedo relajarme y disfrutar del panorama ¿Entonces por qué no entregarle el control de mi vida a alguien que pueda conducirla mejor que yo? DIOS
Mi propuesta para ti el día de hoy es muy sencilla: Aprende a vivir en el asiento del pasajero. Si de verdad quieres ser feliz y llevar una vida plena y despreocupada todo lo que tienes que hacer es entregarle las llaves al Señor y dejar que Él te guíe por el camino que ha escogido para tí, en el que te aseguro encontrarás paz y satisfacción. Dios tiene un plan para todos y grandes cosas le suceden a todos los que creen en su nombre por eso no importa que tan grande sea tu problema, así de grande será también el consuelo que Dios traerá a tu vida si decides acudir a Él en busca de refugio.
No mentiré diciendo que será fácil lograr alcanzar ese punto de total confianza y entrega, ya que desde pequeños se nos ha inculcado resolver las cosas por nosotros mismos. Nuestros padres pasan buena parte de sus vidas enseñándonos como ser “auto-suficientes” y a todos nos encanta creer que ejercemos total control sobre nuestras vidas por lo que despojarse de un hábito tan arraigado no solo es difícil sino también doloroso. Lo sé, porque es algo con lo que yo misma estoy batallando.
El principal problema que tenemos las personas es que estamos demasiado enamorados de nosotros mismos, somos esclavos de nuestra carne y aun cuando logramos finalmente darnos cuenta de que Jesús es nuestra salvación nos vemos envueltos en ese dilema de no poder soltar totalmente ese gusto por las cosas mundanas. Si te sientes así, solo puedo decirte: No te desanimes, será difícil más no imposible.
El primer paso es reconocer que no podemos solos, el segundo es decidir cederle el control a Dios y finalmente (la parte más difícil) simplemente dejar de conducir ¿sencillo? Definitivamente no, pero se vuelve más fácil una vez que entendemos que, desde el momento que reconocemos que no podemos salvarnos solos, también admitimos que no podemos librarnos de nuestra carne por cuenta propia. Debemos comprender que por más que nos esforcemos en dejar de lado todas esas cosas que nos alejan de nuestro Señor, si seguimos obrando por nuestra propia mano jamás lo conseguiremos, siempre regresaremos al mismo punto de partida. ¿Entonces qué es lo que nos corresponde? Simplemente orar, pedirle a Dios que obre por nosotros y en nosotros, pero sobretodo que nos enseñe a amarlo de la manera que Él se merece: SOBRE TODAS LAS COSAS Y CON TODA NUESTRA ALMA.